Vestirse con los huipiles de Natalia es vestirse de infancia, la de ella y otras niñas que jugábamos a comer libélulas, mariposas, dientes de león o tortugas de barro; es envolverse en brazos de mamá, abuelas y tías que con manos suaves nos restregaban duros estropajos para quitarnos la mugre, los malos pensamientos y las envidias; una vez limpias sólo recordábamos la suavidad y el olor a flores que hemos ido heredando por generaciones. Vestirse con los huipiles de Natalia es repetir un ritual antiguo y hacerlo nuevo, usar totopos de hilo como lunas cambiantes transfigurándose y enredarnos en serpentinas de cadenillas multicolores. Dejar que Natalia nos envuelva en sus propuestas es pedirle a los huipiles y enaguas que nos hablen, que nos digan poemas en zapoteco, recetas de cocina, vocabularios que descifran el corazón y que la luna y otros demonios se apoderen de sedas y algodones para compartir el misterio fugaz de ser un cuento o una nube en tacones. Ponernos sus aretes y collares es rematar el juego en exquisitos escándalos que soñábamos protagonizar de niñas: mantarrayas de plata, cocodrilos de oro, piedras engarzadas en vainas, monedas que tintinean al ritmo de nuestras alegrías. Mientras me visto pienso ¡qué fortuna jugar a ser mi abuela y su madre y otras tantas mujeres a quienes me hermana esta voluntad de reinventarnos en la amorosa repetición del rito que busca la belleza y nos convierte en memoria.
Rocío González
http://www.informador.com.mx/cultura/2010/190366/6/natalia-toledo-presento-poemas-en-nueva-york.htm
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